
1
La idea de esta ponencia es un tanto paradójica, pues propone describir una ausencia en el cine chileno más que hacer hincapié en sus presencias o logros. Hablar de una ausencia, es referirse a una figura fantasmagórica que se ha mantenido oculta por demasiado tiempo, es señalar un espacio de sombra en la configuración cinematográfica de nuestro país, a fin de cuentas es indicar aquel deseo que no ha logrado ser pronunciado y que sin embargo late insistentemente bajo nuestros pies, aquella amenaza aun informe que se esconde dentro de nuestros armarios y pulula bajo nuestras camas.
Algunas posibles fuentes desde donde instalar esta sospecha de ausencia en nuestra cinematografía. Identifiquemos, una obviedad, para comenzar paulatinamente, lo obvio es que carecemos de una industria cinematográfica. Nada nuevo por ahora. Una industria que sea reconocible dentro de nuestro canon de dependencia sociológica, es decir un tipo de industria que nos ofrezca estatuto cinematográfico, que nos permita ser parte de la historia. De aquella con mayúscula. Esta industria, con características decimonónicas que operaba a base de estudios, contratos infames, sistemas monopolicos de distribución. Una fascinante maquinaria de producción de espectáculo que solo pervive de alguna manera en estados unidos y por sobre todo en la India y China, en donde el mercado interno consume la mayor parte de la producción de filmes. Este tipo de industria jamas existió en Chile y posiblemente, nunca existirá. Sin ese tipo de industria, la proliferación de los géneros cinematográficos es casi imposible, al menos en consonancia con los modelos industriales: ni western, ni musicales, ni melodramas, ni filmes bélicos y por sobre todo, nada de cine de horror o fantástico. Al menos dentro de las referencias canónicas y estandarizadas que operan como nuestros modelos fantaseados. El problema es cuando las fantasías se encarnan y realizan, pues en ese caso irrumpe la pesadilla, en este caso la pesadilla del cine industrial, el negocio, el final del juego.
Podríamos culpar a la ausencia de industria de nuestra incapacidad de desarrollar géneros populares y consecuentemente de nuestra ausencia de cine de horror, pero sería reducir excesivamente el problema, pues podríamos postular que a diferencia del horror, terror o simple suspenso, que operan como estructuras narrativas o mecanismos dramáticos al interior de un filme, el fantástico literario y lo fantasmático fílmico – un desplazamiento de conceptos para describir operaciones materiales distintas con propósitos similares: provocar la inquietud en sus lectores o espectadores- constituyen una sensibilidad que rebasa su condición de género para devenir en una necesidad del inconsciente colectivo de una comunidad. Sin fantasmático, ¿en donde encarnamos nuestros miedos aun informes?. Continuar Leyendo >>>