EL CASTILLO AMBULANTE: LABERINTOS IMAGINARIOS.

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Al inicio del filme de Hayao Miyazaki nos encontramos de forma inmediata con ese universo capaz de combinar el gabinete de espejos barroco, con el horror vacui de Archimboldo, o el Shinto con las maneras prototecnologicas del retrofuturismo con relecturas históricas combinatorias y el animismo que contagia de vitalismo las superficies de sus últimos filmes, en especial desde la fundacional “Princesa Mononoke” y esa versión en clave nipona de Alicia en el País de las maravillas que resulto ser “El viaje de Chihiro”.

Un enorme castillo deambula por las montañas, similar a un gigantesco insecto con una desordenada y asimétrica construcción enclavada sobre su caparazón, naves que surcan el cielo de un país que funde la Europa de principio del siglo XX, con tecnología que combina la mecánica con la magia. Un castillo con un caballero de estirpe maldita de corte Bayroniano que pugna con su doble naturaleza de bestia y humanidad, una joven convertida en anciana por un hechizo maléfico, un espantapájaros que deviene en objeto mágico, acompañante fiel y victima de las malas artes tanto políticas como mágicas, un pequeño pero eficiente demonio del fuego que es el centro de poder del castillo.

Conspiraciones políticas, vínculos melodramáticos, un pequeño perro que parece ser un elegante homenaje a otro maestro de la animación

Mamoru Oshii, criaturas protoplasmáticas y universos paralelos que constituyen mundos alternos, espacios de fuga, realidades virtuales encerradas en habitaciones ubicuas que conforman las diversas emanaciones de esta obra de carácter manierista. Estética que deviene en una ética, el laberinto especular de Miyazaki plantea las diversas posibilidades de los recursos subversivos de los espejos.

Similar a los mundos en devenir orgánico de Svanmajer y los Quay, pero delineados con el tono fabulador de un Disney sin inhibiciones morales, Miyazaki nos seduce con un mundo tan poco probable como posible, encarnado en una materialidad que no solo es capaz de reactualizar la pintura clásica japonesa sino también de caníbalizar diversos imaginarios occidentales con fascinante habilidad, desde el Bosco hasta Dore parecen combinarse con el dibujo de líneas simples que no oculta sus orígenes ingenuos pero eficientes como Heidi, o infantiles pero a la vez melodramáticos e inquietantes en “Mi vecino Totoro”.

El sincretismo es la base operacional de Miyazaki. Es su estilo quien es capaz de unificar las constantes ramificaciones del relato al interior de una manera abarrotada y sobrecargada de posibilidades perceptúales. Objeto de seducción de la mirada, como obras gráficas vivientes, las escenas de “El Castillo Ambulante” atrapan al ojo y lo convidan – la seducción es una invitación y no una obligación a mirar – a desplazarse por las vertiginosas cartografías del laberinto abstracto de la irrealidad total.

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Dejemos que el cine sea. Es algo que surge.
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Se puede, con un coraje increíble, convertirse en Melies, ese hombre maravilloso que llegó a dar "al arte del cine" sus inicios en la magia. (Brakhage)

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